Cada vez que una familia compra pan, tortillas, leche, jabón o una camisa, pocas veces piensa en todo lo que ocurrió antes de que ese producto llegara al supermercado o a la tienda de la esquina. Detrás de cada artículo existe una cadena de producción donde la energía eléctrica es un elemento indispensable. Cuando ese costo aumenta, el impacto termina llegando, de una u otra forma, al bolsillo de los consumidores.
La electricidad no solo sirve para encender focos. En una fábrica pone en funcionamiento la maquinaria que transforma materias primas en productos terminados. También mantiene en operación cámaras de refrigeración para alimentos, impulsa sistemas de bombeo de agua, permite el funcionamiento de equipos de empaque y garantiza que muchas empresas puedan trabajar durante horas continuas.
Pensemos en una panadería. El horno necesita energía para cocinar el pan, las amasadoras mezclan la masa con electricidad y los refrigeradores conservan los ingredientes. Si el costo de operar esos equipos aumenta de manera constante, el negocio enfrenta una decisión complicada: absorber ese gasto y reducir sus ganancias o trasladar parte del incremento al precio del producto.
La misma situación ocurre con una empresa que produce jugos, una fábrica de muebles, una procesadora de vegetales o un taller de confección. Aunque elaboren productos diferentes, todas dependen de la energía para mantener su producción.
El efecto no termina ahí. Después de salir de la planta, los productos continúan utilizando energía durante su recorrido. Los alimentos refrigerados necesitan mantener la cadena de frío en centros de distribución y supermercados. Las bodegas requieren iluminación y equipos eléctricos para operar. Incluso muchos comercios dependen de sistemas de aire acondicionado y refrigeración para atender a los clientes.
Por esa razón, el costo de la energía se convierte en un factor que influye en el precio final que pagan las personas.
Para las empresas que exportan, el desafío es todavía mayor. Una compañía guatemalteca no solo compite con otras empresas nacionales, sino también con productores de países donde los costos de energía pueden ser más bajos. Si fabricar una caja de galletas, una prenda de vestir o un producto agrícola cuesta más en Guatemala debido al precio de la electricidad, resulta más difícil ofrecer precios competitivos en mercados internacionales.
Cuando una empresa pierde competitividad, las consecuencias van más allá de una venta menos. Significa menores oportunidades para crecer, invertir, contratar personal o abrir nuevos mercados. Esa realidad también afecta la economía local, porque las exportaciones generan empleo para miles de familias guatemaltecas y dinamizan actividades como el transporte, el comercio y los servicios.
Por ello, hablar del costo de la energía no es únicamente una conversación empresarial. Se trata de un tema que impacta la vida cotidiana de todos los guatemaltecos. Una industria más competitiva puede producir a menores costos, ofrecer precios más estables, fortalecer el empleo y mantener la capacidad del país para competir en los mercados internacionales.
“En un contexto donde las familias buscan cuidar cada quetzal y las empresas enfrentan una competencia cada vez más intensa, contar con condiciones que favorezcan una producción eficiente no solo beneficia al sector exportador. También contribuye a que los productos que llegan a la mesa, al hogar y al bolsillo de los consumidores puedan mantenerse accesibles y sostener el crecimiento económico del país”, comentó Claudia de Del Águila, Directora de Incidencia del Entorno Exportador de Agexport.
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