Cada Día de la Tierra nos invita a reflexionar sobre nuestra relación con el planeta. Pero este año, quisiera plantearlo desde un ángulo distinto: ¿qué pasaría si empezamos a ver a las exportaciones no como parte del problema, sino como parte de la solución?
En Guatemala, solemos hablar de sostenibilidad como si fuera un tema aspiracional, casi romántico. Como si cuidar el agua, los bosques o el clima respondiera únicamente a un compromiso ético. Y aunque ese compromiso es importante, la realidad es otra: la sostenibilidad hoy es una condición para producir, para competir y, sobre todo, para permanecer.
Lo veo todos los días en el trabajo con el sector exportador. Las exigencias de los mercados han cambiado. Hoy, para vender café, frutas o manufacturas, ya no basta con cumplir estándares de calidad. Hay que demostrar de dónde viene el producto, cómo se produjo, qué impacto tuvo. Y en muchos casos, si no se puede demostrar, simplemente no se puede exportar.
Esto no es teoría. Es la nueva realidad del comercio.
Y aquí es donde Guatemala tiene algo valioso que, paradójicamente, muchas veces subestimamos.
Somos un país con aproximadamente un tercio de su territorio cubierto de bosques, según el Instituto Nacional de Bosques. Contamos con una disponibilidad hídrica que esta por encima del promedio latinoamericano. Y más del 60% de nuestra energía proviene de fuentes renovables, de acuerdo con el Ministerio de Energía y Minas.
Estos no son solo datos ambientales. Son activos económicos.
En un mundo donde los mercados están penalizando la deforestación, la sobreexplotación del agua y las emisiones, partir de esta base no es menor. Es, potencialmente, una ventaja competitiva.
Pero tener esa ventaja no es suficiente.
La verdadera pregunta es qué hacemos con ella.
En distintos sectores ya hay señales claras. Productores de café que combinan productividad con cobertura forestal. Empresas agrícolas que están invirtiendo en sistemas de riego más eficientes. Industrias que están migrando hacia energías más limpias no por moda, sino por eficiencia y acceso a mercados.
Nadie está haciendo esto “por amor al planeta” únicamente. Lo están haciendo porque han entendido algo fundamental: sin sostenibilidad, no hay negocio que resista en el tiempo.
Y sin embargo, aún nos falta dar un paso más.
Necesitamos dejar de ver la sostenibilidad como un costo o como una imposición externa, y empezar a verla como una estrategia país. Eso implica reglas claras, técnicamente viables y aplicables. Implica reducir la discrecionalidad, generar incentivos y acompañar a quienes tienen menos capacidades para adaptarse.
Porque si no logramos escalar estos esfuerzos, corremos el riesgo de que nuestras ventajas naturales se conviertan en oportunidades perdidas.
El Día de la Tierra no debería ser solo un recordatorio simbólico. Debería ser una llamada a alinear lo ambiental con lo económico, sin caer en falsas dicotomías.
En Guatemala, exportar y conservar no son objetivos opuestos. Bien entendidos, pueden ser exactamente lo mismo: una forma de asegurar que lo que hoy producimos —y de lo que vivimos— pueda sostenerse mañana.
Redacción: Yolanda Mayora, Gerente de Sostenibilidad de AGEXPORT.




